Trabajando para acabar con esta molesta narcolepsia cinematográfica

07/06/2011

Cualquiera que me conozca, sabrá que de todas las películas que he empezado a ver en mi vida (da igual el sitio: cines, casas ajenas, casas propias) he conseguido terminar de ver muy pocas. No sé el porcentaje, pero seguro que no llega al 25% del total. La causa: me duermo. Desconecto mentalmente y me duermo. No importa la hora del día: puedo dormirme por la mañana, por la tarde o por la noche.

Este hecho, que puede resultar gracioso si se habla de forma superficial, lleva atormentándome más de una década. Me gusta la música, me gusta la literatura, me gusta el arte en general y, por descontado, me interesa el cine, los documentales y cualquier manifestación audiovisual que me ayude a comprender, me entretenga, me emocione o me altere. El cine es importante en la vida de las personas, siempre he pensado. De otra forma, no habría cine.

Llevo más de un año sin ir al cine. No recuerdo la última película que vi. Bueno, creo que sí: La segunda (¿o era la tercera?) parte de X-Men. Fui con una chica. Y me dormí más de la mitad del metraje. Desde entonces, nada. Pero soy aplicado e intento trabajar por acabar con esta molesta narcolepsia cinematográfica. Antes de ayer logré ver sin cerrar los ojos ni un segundo Mystic River (Clint Eastwood, 2003). Me gustó mucho.

De cine no sé nada, sé lo mismo que un niño de 10 años. Sólo sé si me gusta o no me gusta, diferencio dos o tres cosas y la colección de actores de cada película normalmente consiguen pasar ante mis ojos como un catálogo de anónimos cualquiera. Bueno, menos alguno: Sean Penn sé quién es. Y Robert de Niro. Y el chico este que hacía de Bourne… (disculpen: Google)… ¡Eso! Matt Damon. Es una pena que sepa tan poco. La culpa debe de ser de la música: he logrado retener miles de títulos de discos, músicos, productores, sellos discográficos, ciudades de origen, nombres de salas de conciertos, nombres de fanzines, de revistas, de páginas web… y no debo de haber dejado espacio suficiente en mi cabeza para mucho más. Y eso que, según Andrés Perruca, tengo una cabeza muy grande.

El caso es que ayer vi Capote (2005), la película que cuenta cómo escribió el periodista americano del mismo apellido su novela de no ficción que cambió la prosa estadounidense, A Sangre Fría. Y me gustó un montón. El sueño me venció en los últimos 10 minutos (que volveré a visionar hoy, denlo por hecho), porque todavía no controlo duraciones por encima de la hora y media y los tres dígitos siguen siendo un reto para mí si las películas no son o de mucha risa o bélicas. Pero, insisto: lo estoy intentando con todas mis fuerzas.

Lo bueno de vivir solo es que te puedes poner retos tan estúpidos a priori como este sin obligar a nadie a que te acompañe en el intento. Por cierto: sin tener ni la más mínima idea de quiénes fueron los nominados al Oscar en 2006 (año en que ganó Philip Seymour Hoffman por su interpretación de Truman Capote), entiendo perfectamente por qué se lo dieron. Vaya papelón se marca el colega. Apuesto a que eso no pasa en España.

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