36 horas desde que aterricé en Erbil, Región del Kurdistán (Iraq).

21/11/2012

Soy todo ojos y todo oídos. Todos los nombres de las ciudades que veo anunciadas me suenan a explosiones. Las carreteras son largas. No hay carriles. Todo el mundo conduce por el lado que quiere. Hay tantos frenazos como pitidos. No funciona el cinturón de seguridad. Cuando aterricé, llovía. Muchísimo. Los coches van de polvo hasta el techo: supongo que hay un desierto cerca. Toyota ha vendido más coches en Erbil que en todos los países del Mediterráneo. Veo a 25 hombres por cada mujer. El barrio cristiano se llama Ainkawa. Creo que también se escribe así. Llegué a las 5:00 AM a la casa que ahora es mi casa y desperté a la jefa, Emma Goldsmith. No parece importarle. Es de Liverpool. Entro a oscuras en la casa. Las dos maletas y la guitarra están empapadas. He perdido la funda de la cámara en un cambio de coches a las 4:30 AM en medio de la nada. ¡Un cambio de coches! No hace nada de frío. Me fascina mirar. Hay coches llenos de hombres, autobuses llenos de niños y los motoristas no llevan casco. Ha visto una pintada de Cristiano Ronaldo en un muro, pero estuve lento con la cámara. Me río del que me dijo que esto es como Las Rozas pero en Iraq: no, amigos, esto es Iraq. Polvo, bigotes y ruedas gastadas. La gente va en chanclas. No sé diferenciar todavía un kurdo de un iraní de un jordano de un libanés, pero rezo a todos sus dioses para poder hacerlo en pocas semanas. Nos han recibido gente muy distinta. Hay muchísimo dinero en este país. Todo cash. Ayer se rieron de mí en una gasolinera por mencionar la palabra “MasterCard”. Habibi significa cariño. He fumado pipa de agua. En España se llama cachimba, aquí tiene otro nombre. No hay ni aviones ni helicópteros durante el día. Nuestro chofer es kurdo. Se llama Dilshad. Dice que tiene 71 años, pero parece que tiene 50. Así que calculo que tiene 45. Hay un campo de fútbol de hierba artificial. Las camisetas del Barça ganan a cualquiera. Aquí la gente tiene iPhones 4 y 5. A tope. Se ríen de las Blackberries. Hay dos tipos de gente: los ricos que fardan y los ricos que no lo parecen, pero me aseguran que todos están podridos de dinero. Todavía no sé mucho más. Mi escalera de dentro de casa es de mármol con barandilla dorada. Mi habitación mide unos 25 metros cuadrados. He comprado Doritos iraquíes. Estoy salvado. He dicho que mi jefa se llama Emma Goldsmith, pero no he dicho que mi compañera (mismo rango) se llama Anna Hirblablabla (un apellido sueco). Una es rubia y la otra pelirroja. Les han hecho muchas fotos en una feria de turismo a la que hemos asistido esta mañana. Se lleva el bigote a tope. Igual me lo vuelvo a dejar, pero me sale rubio y estoy convencido de que eso se traduce en algo raro, malo o peligroso para mi heterosexualidad en este país de machotes. Las cosas están calientes en Baghdag y la gente nos lo comenta: “Si vais allí tened cuidado”. No vamos, jefe, descuide. Aunque miro de reojo a mi jefa para confirmar que de verdad no vamos. Me dan miedo los fuegos artificiales, así que no puedo pensar en una bomba. Quita, quita.

 

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