¿Por qué estoy en Kurdistán?

26/11/2012

22.Nov.2012. Llegué aquí el lunes de madrugada. Vine para algo fácil: formar parte de un equipo de tres personas que van a hacer una guía de negocios y entretenimiento de Kurdistán. Al parecer, no se ha hecho nunca. Debe ser de las pocas cosas en las que participo en mi vida que no se hayan hecho nunca. 23 grados y sol. Me sobra la mitad de la maleta que me he traído. Miro al plumas como se miran a los pavos un día como hoy (feliz Thanksgiving Day a quien lo celebre). El primer día tuve que poner un tutorial en Youtube de cómo se anudaba una corbata. Hoy me hago los nudos andado por la calle y con una de las manos ocupada. Como mínimo, me llevo eso de aquí. Aunque alguno pensará que me he venido demasiado lejos a aprender a hacer nudos Windsor. Cuatro entrevistas hoy. Todo señores, otra vez. Traductores del kurdo al inglés y viceversa. Como pan de pita sin nada, caliente, solo por el placer de comerlo recién hecho. Chicles, gafas de sol. El del AK-47 de la puerta de mi casa ya me conoce un poco y levanta el pulgar en señal de que todo está bien. Pulgar de vuelta por mi parte. Reunión con el Gobernador del Banco Central del Kurdistán. Reunión con el representante de una corporación de seguros. Reunión con el director de una planta energética en medio del desierto, o de lo que parece un desierto. Reunión con el presidente de una empresa proveedora de servicios de Internet. El aluvión de datos es intenso. Lo apunto todo en hojas diminutas de papel, con un lápiz que, en el mejor de los casos, me deja los bordes de las manos llenos de grafito y hace que unas palabras se junten con otras hasta dejar de entender lo que escribo. Soy muy débil ante los nacionalismos: me convencen todos en tres minutos. Hoy me he hecho kurdo cuatro veces, dos por la mañana y dos por la tarde. En serio. El presidente de pa Planta de energía que suministra electricidad a la Región del Kurdistán era un astro de los titulares. Mi favorito: “Lo que necesita un país para desarrollarse es: seguridad, cerebros preparados y mucho amor por el territorio”. Cuando ha dicho eso he mirado por la ventana, he visto las ocho torres que en mi cabeza albergaban generadores potentísimos capaces de hacer un agujero de cientos de kilómetros de diámetro si explotaran y me he imaginado una bandera enorme del Kurdistán ondeando a lo lejos, rollo Plaza de Colón madrileña, mientras 12 soldados lanzaban salvas con el fusil de asalto. Eran 12 porque los he contado en mi mente. El viaje por el desierto ha sido apasionante. Nuestro chófer, Dlshad, ha parado en la cuneta de la nada a comprar un pollo para la cena. Llevamos un pollo vivo en el maletero. Creo que lo ha comprado vivo para no hacernos pasar por el trago de ver un pollo sin cabeza como, por desgracia, he tenido que ver en los tres minutos que hemos estado parados en la cuneta del desierto de la nada. La gente cruza por el medio de la carretera. He visto dos coches en dirección contraria. He visto una moto con las ruedas pinchadas. Hemos pasado un control del ejército. Pero aquí nadie se altera. Un tipo inglés que vive en Moraira, Valencia, y que lleva trabajando en Erbil desde hace cinco años nos ha dicho que esto no tiene nada que ver con lo que era antes. Que antes era más auténtico. Supongo que es un eufemismo para referirse al Erbil sin carreteras, sin servicios, sin futuro, con guerrillas de ladrones armadas hasta los dientes y con explosiones de fondo, en las montañas. Pero he sentido nostalgia inapropiada y una melancolía que me lleva persiguiendo desde los 25 años. A esa edad, cuando empecé a trabajar en la industria discográfica, ya me decían que todo era mejor antes. Que CASI llego a conocer los good old days. Somos la jodida generación del CASI: CASI conocemos la dictadura; CASI llegamos a tener contratos indefinidos; CASI llegamos a tener una educación universitaria de élite; CASI podríamos haber vivido de nuestros discos y nuestros conciertos; CASI llegamos a ser periodistas bien pagados; CASI llegamos a tiempo para descubrir una ciudad y que no esté descubierta ya por miles de gafotas con Instagram en sus iPhones. Todo es el CASI. Suena la llamada a la oración y yo CASI estoy preparado para mi primera noche de viernes en Iraq. Porque no es que los jueves sean los nuevos viernes ni que el azul petróleo sea el nuevo negro. No. Aquí los jueves son el último día laboral de la semana. Voy a ver cómo se divierten los expatriados.

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