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Ya vuelvo

20/12/2012

Vista desde la ciudadela de ErbilYa vuelvo. He estado ocupado, con muy poco tiempo para poder sentarme tranquilamente a encarar un mensaje más. He pasado mucho rato fuera de casa, en reuniones, cenas, fiestas en casas de expatriados. Por lo poco que he podido saber, las fiestas aquí son una especie de competición invisible a ver quién tiene la casa mejor decorada, quién prepara el mejor plato o quién agasaja a los invitados con el mejor vino. Nosotros, sin hablarlo, no hemos participado en esa competición e intuyo que se debe a que no tenemos demasiado que enseñar. Nuestra casa es una oficina con habitaciones y no al revés. Así las cosas, he intentado ser el mejor de los invitados: he probado un poco de cada plato, me he bebido sus vinos, me he sentado en un rincón a observar y, cuando tocaba, he escuchado más que he hablado. He de decir que la industria que he descubierto aquí, la compuesta por cientos de empresas dedicadas al petróleo, me fascina a nivel conceptual y me aburre horrores a nivel práctico. Es decir: he conocido a gente realmente interesante, la mayoría de ellos profesores y doctores en geología y en ingenierías relacionadas con el ciclo de obtención de hidrocarburos, normalmente mayores, con nietos, que ofrecían conversaciones majestuosas sobre cómo la tierra guarda en su interior tesoros que nos permiten llevar a los occidentales la vida que llevamos y al resto de criaturas seguir a nuestro servicio durante muchos años más. Se habla de ello sin sentimiento, yendo a los números, con datos, sin entrar en valoraciones que puedan interponerse entre la tierra y los planes. No se habla con codicia, de ningún modo. El petróleo permite sueldos astronómicos y vidas cómodas, pero también exige un conocimiento a la altura. Un ejemplo: conocí al Regional Manager de REPSOL en la copa que daba la organización de la Segunda Conferencia del Petróleo, uno de los eventos más importantes del año en el sector, a tenor de la asistencia y del rango de los asistentes (empezando por el Primer Ministro del Kurdistán). El tipo de REPSOL, un argentino con un carisma manifiesto, tiene tres carreras. Y una experiencia a sus espaldas de quedarse loco escuchándole. Gracias a él supe que en Teherán (Irán), hay una vida nocturna apasionante y un gusto por la cultura que puede competir con cualquier capital de la vieja Europa. ¡Teherán! Hasta hace unos días me imaginaba Teherán como el epicentro del terror, los talibanes y las mujeres con burka. Pues resulta que no, que Teherán parte la pana en Oriente Medio. Me dijo que jamás había vivido en un sitio con mejor nivel de vida (supongo que se refería al suyo, en cualquier caso). Y lo dice un tipo nacido en Buenos Aires y que, por lo que recuerdo, vivió en México, en Estados Unidos, tiene casa en Toulouse y se pasa 3 meses al año en Madrid. También descubrí gracias a él nuevos no problemas para mí, como que desde Dubai te sale mejor enviar coches de lujo a España porque en Dubai no pagan impuesto de exportaciones.  Nos caímos bien porque de “chiquito” tenía un grupo de música en Argentina. Me dijo el nombre, pero lo olvidé.

Y así todo.

Ya vuelvo y todo son señales que interpreto a mi manera: hoy se me ha terminado el bote de gel de ducha que compré a los tres días de estar aquí, me queda champú para uno o dos lavados más y el último tanque de agua potable que tenemos está vacío en un 90%. Apenas queda arroz para dos platos, hice el último medio kilo de pasta ayer y el perejil natural que me ha servido para casi cualquier plato que he cocinado ya está amarillento y huele a rancio. La vida decide, una vez más, acompasarse al propio ritmo de mi despedida y observo cómo, al irme separando poco a poco de este sitio, las cosas que me han acompañado hasta hoy también se agotan lentamente. Y yo lo contemplo todo como un invitado agradecido al que le ha sido concedido el privilegio de no sentir pena ante este final.

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