La noche de ayer y algunas claves para entender el universo (cercano).

02/12/2012

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Otra de las cosas más o menos nuevas para mí es qué hacer cuando estás en una ciudad desconocida en la que tienes que utilizar transporte terrestre para todo y en la que, a partir de que se haya ido el sol, no hay prácticamente nada que hacer. Escrito así parece un reto y, en parte, lo es. Cuando estoy en un ambiente extraño y en el que debo permanecer un tiempo considerable, siempre digo que sí a todo. Y luego ya veremos. Lógicamente, hay una serie de límites por arriba y por abajo que están marcados desde hace tiempo, van con mi personalidad y son inamovibles. Estos límites son más o menos comprensibles, no voy a plantar aquí una lista.

El caso es que ayer la pregunta de mis compañeras de trabajo y casa fue: “¿Te vienes a un club donde van muchos expatriados que está en el piso 12 de un hotel donde hay una fiesta house que es increíble?”. Gestioné con especial rapidez la información y, a pesar de que la ecuación en la que se apelotonaban los términos demoníacos de “club”, “hotel”, “expatriados”, “música house” y, sobretodo, “increíble” daba como resultado un gigantesco NO VAYAS en mayúsculas e iluminado por dos focos situados a la distancia perfecta para que se leyera el concepto desde muy lejos, fui. Yo qué sé, por probar. A veces me sorprende lo tonto que soy: a mis 34 años sé de sobra que incluso la simple combinación de únicamente dos de los elementos antes citados ya no es de mi agrado. Pero yo decidí apostar fuerte y enfrentarme no a dos, ni a tres, ni a cuatro, sino a ¡cinco elementos de mierda AL MISMO TIEMPO!

Lo que pasó fue sencillo: tardamos 20 minutos en llegar en taxi, a los 3 minutos de estar allí ya me quería ir y me quedé 45 minutos más porque un distribuidor iraquí de productos Pascual pensó que era buenísima idea practicar conmigo su paupérrimo y vergonzosamente mal pronunciado español, en el que se incluían palabras como “al-lipollas”, “cajones” o (mi preferida) “tu madre es una puta”. Esto sí lo pronunciaba bien. Le pregunté si utilizaba mucho estos términos en su negocio y el tío reventó de la risa. Yo lo preguntaba absolutamente en serio. Me pagó mi Coronita, salí a la terraza, hice unas cuantas fotos de Erbil desde las alturas (aunque podría ser cualquier ciudad de cualquier país) y me largué, no sin antes anotar mentalmente una serie de hechos que hicieron que mi noche fuera un poco más miserable y que, a partir de ahora, tomaré como referencia:

  1. En el Kurdistán no hay ley antitabaco y los paquetes de cigarrillos son insultantemente baratos. Como resultado de esto, he retrocedido en el tiempo y cada vez que vuelvo de un sitio cerrado –restaurante, bar, reunión en un despacho, etc.– tengo que colgar parte de mi ropa en la terraza para que se airee. Es vomitivo, sucio y nocivo. Es repugnante y me retuerzo en arcadas mientras escribo. Fumadores que me leéis: sé que esto no os hace gracia, pero, en serio, replantearos vuestro vicio.
  1. En Erbil no hay drogas recreativas (al margen del alcohol y el tabaco). Ninguna. Ya he visitado diferentes baños de distintos establecimientos en un rango horario que me hubiera permitido ver o escuchar algo que me aportara alguna pista, por mínima que fuera, al respecto. No hay nada de drogas, la gente no habla de drogas, la gente no se droga. Esto hace que solo haya dos tipos de personas claramente diferenciados en todos los sitios nocturnos a los que he ido: los amables y los borrachos. Se pierden los matices, se enriquecen los extremos. Aquí la gente bebe hasta morir. Bebe más que en España. De verdad. Y prometo que he empezado a pensar si lo de “cogerse una buena kurda” no es una herencia del lenguaje y no una simple frase graciosa.
  1. En los 14 días que llevo aquí no he visto ni un solo beso en la boca entre un hombre y una mujer. No he visto ni una sola muestra de pasión, ninguna expresión desatada, ningún momento robado de la nada en el que haya sido testigo de la relación íntima existente entre un hombre y una mujer. Esto es muy confuso, porque los tíos sí se besan (hasta tres veces en la misma mejilla) al saludarse y las chicas sí se abrazan entre ellas, pero ni rastro de esos gestos a los que estamos tan acostumbrados en Europa. Al menos en la Europa mediterránea. De esta forma, nadie parece ser novio de nadie y hay que tener muchísimo cuidado con quién hablas y de cómo hablas porque, curiosamente, el sentimiento de posesión lo tienen desarrollado a tope. Situación real vivida ayer: una chica joven, guapa, con rasgos de la zona pero vestida como cualquier chica de Gossip Girl se acerca a mí y me pregunta al oído (debido exclusivamente al hecho de que el volumen de la música en este sitio era inasumible por el oído humano) que si yo soy de allí o extranjero. Mi respuesta, también al oído, fue breve: “No, I’m from Spain”. En ese segundo y poco que media entre el momento en el que pones la lengua detrás de los incisivos para empezar a pronunciar la N de “No” y el momento de distensión muscular posterior a pronunciar la última sílaba de “Spain”, un tipo bastante más de todo que yo ya estaba a su lado y me acercaba la mano al tiempo que me decía: “Hi, I’m [y aquí un nombre que puede ser cualquier nombre de por aquí: Saïd, Mushtafá, Jacob o lo que sea]”, aunque en realidad lo que venía a decir era: “Oye, gafas de astrofísico marginado, este bomboncito que ves a mi izquierda es mi novia, ¿te enteras? Así que voy a estar vigilando cada uno de tus movimientos hasta que desaparezcas de mi campo visual”. Una pasada.
  1. La gente local con la que me he mezclado hasta ahora hace gala de las mismas tonterías, los mismos detalles vacuos y el mismo mal gusto musical que la gente con la que nunca me mezclo en Madrid por esos mismos motivos. Sin embargo, la sensación es que estos les llevan ventaja a los de mi ciudad porque, amigos, estos tienen TODA LA PASTA. Pero así, un millón tras otro.
  1. Las conversaciones más emocionantes tratan de: las casas en Londres, las casas en Suecia, las vacaciones en Estados Unidos, el fin de semana en Dubai (por favor, cuando tengáis un rato mirad un mapa de Dubai y comprobad lo lejos que está para pasar un fin de semana), los años en universidades americanas, los PhD, los MBA, los coches, los trabajos en empresas familiares y si la última versión del iPhone es mejor o peor que la anterior.

Tardé más de 45 minutos en volver a mi casa. Al parecer, no solo compartimos con algunos países ciertos niveles de corrupción y la pasión por el fútbol: aquí también se tarda la de dios en encontrar un taxi por la noche.

Nota pública: Mi madre me manda correos donde me dice que está encantada de la música que le pongo a los vídeos que mando. Es maravilloso, porque hasta ahora he utilizado canciones de Low, Why? y Jason Lytle (excantante de Grandaddy), que no son grupos precisamente masivos. Esto lo traduzco de forma muy positiva: cualquier oído está preparado para apreciar la música que más nos gusta. Simplemente hay que exponerla de forma adecuada. Gracias Mamá.

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