Doble personalidad

09/12/2012

-2Están siendo unos días extraños. Por un lado, no acabo de entender muy bien dónde empieza y acaba mi jornada laboral. Por otro, se confirma lo que pensaba desde un principio: vivir y trabajar en el mismo espacio con la misma gente multiplica las posibilidades de que alguien se te atragante en algún momento. Por suerte, la casa es grande y permite que te escondas del resto los ratos que estás menos dispuesto a ser sociable, pero es cierto que llevaba tres largos años sin compartir mis silencios con nadie y creo que empiezo a necesitarlos en pequeñas dosis. Mi nuevo sitio favorito es el baño.

Nuestra vida anda algo revolucionada gracias a un congreso internacional sobre el petróleo y el gas natural al que tenemos que asistir desde hace dos días para conocer gente, cambiar tarjetas de visita y favorecer contactos. Mi plan funciona, porque me he metido en la piel de un personaje que no soy yo: se trata de un tal José Márquez que está escribiendo una guía de negocios para inversores en el Kurdistán y que quiere entrevistar a peces gordos con el fin de que, una vez hayan visto el producto y se hayan imaginado su foto en grande presidiendo alguna de las páginas, mis otras dos compañeras les hagan una suculenta oferta a modo de páginas de publicidad con la que financiar la guía, nuestros sueldos y, supongo, cualquier otro proyecto de la empresa para la que trabajo. Ese tipo que no existe en realidad, trata de ser amable, sonreír y afeitarse a diario; viste de traje, lleva zapatos lustrosos, el pelo engominado hacia atrás y simplemente tiene algunos tics glamourosos, como unas gafas de Supermán o una mochila en lugar de un maletín. A mí José Márquez no me cae ni bien ni mal, hace su trabajo sin hacer la pelota a nadie y trata de aprovechar los momentos que le tocan vivir sabiendo que sería muy extraño que se volvieran a repetir, como la cena de ayer a la que asistió el Primer Ministro de Kurdistán, el Sr. Barzani que, dicho sea de paso, me cae bastante bien y habla un inglés de puta madre, como debería exigirse a cualquier presidente de Gobierno, o los viajes por carretera a ciudades vecinas como Suleimaniya, a 30 km de Irán. El mundo es caprichoso y a veces te permite sentirte bien en lugares que pensabas que eran inhóspitos o violentos. Ayer, por probar, me pasé toda una conferencia de un jefazo de Chevron con los cascos para la traducción en árabe. El tipo hablaba en inglés y le entendía perfectamente, pero decidí pasarme toda su conferencia con una voz de un tipo que me imagino que estaría sentado en alguna cabina del palacio de congresos, que me traducía simultáneamente al árabe todo lo que decía ese (probablemente acaudalado) señor que, si no recuerdo mal, vivía en California. La verdad sea dicha: la entonación del árabe oficial asusta un poco. Lo que estaba escuchando se parecía más a un parte de guerra que a una exposición donde se hablaba de las posibilidades energéticas de Kurdistán.

En este congreso he conocido a gente que merecen documentales enteros. Son gente de mi edad que llevan una media de 5 años en Oriente Medio, en Dubai principalmente, y que arriesgaron un poco a cambio de fortuna. Por lo que parece, la apuesta les salió redonda, pero el riesgo que corrieron a veces fue alto. Hablo de riesgo personal. Ayer, tras la cena, fuimos invitados a beber en el lobby del Hotel Rotana, un lujoso establecimiento que entiendo que es el punto de encuentro de políticos y empresarios de perfil altísimo, artistas y ricos en general. El vino, sin embargo, era un horror. La cuestión es que se nos acercaron dos chavales con pinta de haberla liado muy parda en el FIB de 2003, con la corbata ya en el bolsillo de la americana y con los carrillos enrojecidos, atraídos por el pelo rubio de la sueca y el pelirrojo de la de Liverpool (imanes que funcionan en todos los contextos, por cierto). Uno llevaba una Heineken sin abrir en el bolsillo del pantalón. Los dos se llamaban Darren, parecía una broma. Y entre las tonterías con muchísima gracia que decían salió un tema que a mí particularmente no me dejó buen cuerpo: “¿Vuestra empresa tiene seguro de secuestros?”. Yo miré a mi jefa como queriendo decir: “Jefa, ¿nuestra empresa tiene seguro DE SECUESTROS?”. Y ella me devolvió la mirada: “¿Lo dices en serio?”.

En ese momento me vino a la memoria los primeros minutos después de salir de la sala de llegadas del aeropuerto de Erbil. Eran alrededor de las 4:30 AM y había un tipo con mi nombre que, por supuesto, no hablaba inglés, que me señaló un gran todoterreno blanco. A mitad del trayecto, lloviendo, se para y me dice como puede: “Change cars! Change cars!”. Yo iba agotado y pensé que no le había entendido. Sin embargo, a los dos segundos llegó un todoterreno idéntico al nuestro, se paró a nuestro lado, cambiaron mis cosas de un maletero a otro y seguí hacia mi destino en ese otro coche. Tengo un vídeo:

Al parecer, no todo Iraq es como Erbil. Aquí no ocurre nada, pero los expatriados siguen siendo una excusa estupenda para ganarse una buena pasta: los secuestros duran poco, las compañías aseguradoras pagan lo estipulado y no se reporta el incidente para evitar que se corra la voz. 6 personas de la empresa para la que trabajaban estos Darren habían sido secuestradas, la última en abril. Kurdistán es un sitio tranquilo, aseguraron, pero “nunca sabes”. Ya. Nunca sabes. En realidad, nunca sabes qué puede pasar en ningún sitio ni qué hace tu vecino que parece tan simpático. No podemos vivir con miedo. Yo, al menos, no lo tengo. José Márquez, el otro, el de las corbatas, se paso dos días mirando mucho por el retrovisor.

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