No quiero ser un gusano, pero

17/08/2013

la foto

Hace más de once años, en julio de 2002, comencé a cotizar para la Seguridad Social. Así consta en el documento llamado Vida Laboral que, de vez en cuando y a golpe de correo, nos envía el Ministerio de Trabajo a cada español. Todos los trabajos anteriores habían sido menores y pagados en negro. Que recuerde, fui profesor de guitarra, profesor de idiomas (inglés y francés), profesor de apoyo para estudiantes que no eran tan malos, programador de las memorias de las cabinas telefónicas de Telefónica antes de que las pesetas pasaran a ser euros, becario, etc. Lo que todos. Pero a partir de julio de 2002 me convertí en ciudadano participante en este sistema que, supongo, es tan intercambiable como cualquier otro.

El caso es que empecé a trabajar para Universal Music con sólo 23 años (apenas faltaban unos días para los 24) y me convertí así en el trabajador más joven del edificio. Mi pasado estrechamente vinculado al hardcore, al punk y a las ideas que utilizan estos movimientos como combustible, no fue impedimento para que me sintiera privilegiado ante la situación que vivía y el futuro que se me planteaba. Era joven, tenía pasta, vivía con amigos, me compré una Vespa (que aún utilizo), me iba de fin de semana a ver a Interpol a París cuando aún no habían tocado en España y pasaba mis veranos donde me daba la gana. Conocí a gente a la que aún hoy llamo amigos y vivía situaciones ciertamente únicas gracias a que viajaba con artistas como The Black Eyed Peas, The Cure o Gwen Steffani. Por si eso fuera poco, tocaba en bandas más o menos respetadas (The Secret Society y Garzón) y éramos bienvenidos en revistas y festivales. Incluso me acabé ligando a la guapa de la oficina. A pesar de todo esto, no me volví más gilipollas que el de al lado.

En Septiembre de 2005 me echaron de ese trabajo por decir cuatro verdades en público y delante del presidente de la compañía y del presidente del presidente de la compañía. Incomprensiblemente, me untaron de dinero y me concedieron año y medio de máximo paro.

Encontré otros trabajos (Love To Art, Rolling Stone Magazine), luego estuve un par de años de freelance haciendo cosas aquí y allí -escribiendo para revistas, traducciones que aún mantengo, jornadas de prensa con artistas de Disney, etc.- hasta que en febrero de 2009 empecé a trabajar para [PIAS] Spain, una discográfica, esta vez independiente, donde he estado bastante contento los tres años y pico que he trabajado allí.

Sin embargo, algo no acababa de seguir la lógica que debe marcar cualquier trayectoria ascendente: en lugar de ir aumentando mi capacidad adquisitiva por cuestiones de edad, experiencia y rango, cada vez he ido ganando menos dinero. Ha sido poco a poco pero de forma constante: cada año menos dinero, menos dinero, menos din…

Hoy es agosto de 2013 y en dos meses se me acaba el paro. A pesar de lo que algunos puedan opinar, soy un tipo tranquilo y no he permitido que los nervios me impidan hacer una lectura clara de la situación. Afortunadamente tengo recursos, conozco a gente y no me va a faltar trabajo. Sin embargo, y a pesar de que las ofertas que estoy a punto de aceptar requieren un nivel de experiencia y conocimiento por encima de la media (al menos en este país), la remuneración que ofrecen es jodidamente insultante. Hasta el punto de que todavía dudo si aceptar o no. La situación es tan siniestra que nadie accede a explicarme los motivos de esta paupérrima oferta económica. Lo único que he escuchado es el clásico “no depende de mí”, o su versión mucho menos educada: “La verdad es que no lo sé”. Algún día, cuando tenga algo de tiempo para perder, haré una propuesta a través de change.org para que ambas frases se incluyan en el himno nacional y, por lo menos, acabe teniendo una letra que refleje de verdad el auténtico carácter español.

Mientras llega mi turno para incorporarme a ese trabajo tan especial, al menos dos empresas (una de ellas la multinacional más importante del mundo en el sector donde opera) se han acercado a mí con el propósito de darme material gratis para que lo luzca a partir ya. Esto es: hacer un poco de hombre anuncio a cambio de quedarme con ese material. He dicho que sí porque de esta forma al menos ciertas necesidades de mi día a día estarán cubiertas. Si no es mediante dinero líquido, tendrá que ser mediante bienes materiales.

Esta mañana me he levantado y he visto toda esa ropa encima del sofá, todavía con las etiquetas puestas y diría que mi propia conciencia me ha dado un toque de atención: “¿De verdad vas a aceptar todo esto sin al menos pararte a pensar sobre sus consecuencias?”. Mientras me duchaba, he tratado de desmadejar la bola de ideas encontradas que bullen sin descanso en algún rincón de mi cabeza. Y entonces me he dado cuenta de cómo nos afecta a todos esta situación tan injusta y, sin embargo, tan aceptada por los que nos gobiernan: cómo la crisis nos amenaza no sólo desde las cuentas bancarias, sino también desde las ideas, desde las propuestas y desde las actitudes. Los que contratan pueden contratar por menos dinero que nunca. Los que trabajamos, lo hacemos por menos dinero que nunca. Los que no tienen nada o no les queda nada, se van separando cada día más de la corriente que podía salvarles. Los que aún nos mantenemos a flote, tenemos que aceptar situaciones qu nos alejan de la toma de decisión en libertad.

El dinero permite independencia. La independencia permite vivir de acuerdo con las ideas de cada uno. Las ideas de cada uno no tienen precio y deberíamo estar obligados a respetarlas. Sin dinero, uno se queda sin protección para todo eso.

Once años después, quiero pensar que sé más cosas que nunca, que tengo más ganas que nunca y que he vivido cosas irrepetibles. Sin embargo, once años después gano menos que nunca y mi corto plazo se reduce a saber si hoy podré hacer todo lo que quiero hacer.

Dentro de un tiempo, cuando no quede nadie de mi generación trabajando en España y, por tanto, no quede nadie cotizando, nos llamarán antipatriotas. Y nos lo llamarán los mismos que ofrecen a sus vecinos contratos cada vez más injustos y cada vez menos valiosos. Si yo, que a todas luces soy un privilegiado, estoy así, no quiero ni pensar cómo estaréis algunos.

Suerte, ánimo y todo mi apoyo.

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