Testigo

08/03/2015

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No es tan fácil ser testigo: no solo hay que estar justo ahí. Lo más urgente del testigo es asimilar la experiencia y aplicarla a su parcela; a su radio de acción.

La última noche la pasé entera entre dos hospitales de Madrid, Puerta de Hierro en Majadahonda y la Fundación Jiménez Díaz en Moncloa. Mi papel se ha limitado a estar. Primero en la sala de espera moderna, amplia, medio iluminada, muy de obra pública de siglo XXI, del Puerta de Hierro. Yo no era el paciente ni tampoco (perdón, perdón, perdón por la coincidencia semántica) el impaciente. Estaba allí para apoyar. Tendemos a sobrevalorar el apoyo: es muy sencillo, tan solo tienes que estar. Estar porque quieres, porque te preocupa algo, porque quieres acompañar. Llegué a las 22:50. A las 3:32 trasladaron a la mujer de mi amigo a otro hospital a 25 kilómetros del primero, después de que la neurocirujana asegurase que estaba entrando en coma y que ya no volvería a casa nunca más. Seguimos a la ambulancia con el coche. Puse una canción en la radio porque este tipo de momentos dan pie a muchas conversaciones equivocadas y cuando suena la música se logran evitar algunas. Esta vez la sala de espera no era tan de revista de arquitectos. Esta vez entraban heridos en peleas, una sobredosis, unas adolescentes con un cristal en la cabeza. No me da vergüenza decir que lo encontré divertido. Las sillas no eran cómodas y la estancia era pequeña, pero he estado en sitios peores.

Nuestra amiga entró en coma, porque el tumor cerebral que padece desde hace un año está muy avanzado. Su único camino es la muerte: lo sabe ella y lo sabemos todos. No recuerdo cuántos años tiene, creo que 43. Todavía es muy joven para morir. Cuando tiene una crisis y tenemos que salir corriendo en ambulancia al hospital más cercano, cada neurocirujano que la atiende, al mirar los resultados del TAC, dice lo mismo: “Con un tumor así, debería haber muerto hace tiempo”. Es, por tanto, uno de esos casos que estropean las estadísticas. La neurocirujana de guardia en el Puerta de Hierro, a eso de las 2:30 AM, le dijo a mi amigo que permanecía en la UCI al lado de su mujer: “Lo siento muchísimo, no va a volver nunca más a casa”. Lo que no le dijo: “Disfruta de este rato que os queda a este lado de la vida”. En soledad y con las malas noticias bien presentes en sus ojos y en la expresión de su boca, mi amigo salió de urgencias y vino a contarnos la situación.

Seis horas después, en la cama de otro hospital, nuestra amiga nos miraba riéndose, pidiendo un cigarro y una cerveza. Desorientada y con la boca seca, pero sin dolores, sin ninguna queja, sin urgencias. He sido testigo por primera vez de alguien cercano que ha vuelto de un coma. Y en ese momento de sorpresa para ambos, de completa ignorancia, la vida se ha presentado rotunda y sin negocios. Sin modas y sin tendencias. La vida a secas.

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Una respuesta to “Testigo”

  1. Jose Says:

    Gran texto, crudo.. como la vida misma.


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