El Día del Padre

19/03/2015

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(Mi padre, José Márquez, en su último cumpleaños el pasado 9 de febrero, con el libro y el ron que le regalé. El libro no se lo ha leído todavía)

Quiero a mi padre, claro. Es un amor biológico, de pertenencia. Un amor cromosomático, absolutamente inevitable. Pero es un amor templado, sin apenas emociones, incompleto, poco práctico. Tengo miedo de que este amor sea la clase de amor más popular. Un amor que me hará estar siempre ahí, cuando haya algo que celebrar o cuando haya algún problema que resolver, pero un amor que me aleja de él el resto del tiempo, que no aprovecha el enorme espacio disponible entre el extremo positivo y el extremo negativo. Un amor innegociable pero muy torpe y muy culpable. Un amor nada trabajado, poco brillante, amargo en el fondo y en la forma. Y me consta que es más mi culpa que la suya. Él puso mucho de su parte para que yo naciera. Y no he sabido devolverle el favor.

Quiero a mi padre más porque llevo 36 años con él que por las cosas que hace o las cosas que dice.

Mi padre es un hombre honrado, incorruptible. Estoy convencido de que nunca ha engañado a mi madre, que su prioridad ha sido siempre mantener a esta familia, hoy tan repartida por el mundo. Un hombre sin aficiones, sin demasiado apetito por investigar las pequeñas cosas del día a día. Se levanta, va a nadar, sigue trabajando para pagar sus deudas, cena, se acuesta y así. Hubo un tiempo en que estuvo muy bien posicionado profesionalmente hablando, pero nunca ha sabido moverse con soltura en los resbaladizos pasillos del mundo empresarial. Siempre tiene la palabra sacrificio en el precipicio de la boca, dispuesta a saltar. “Yo me sacrifiqué tanto por ti”. Y no he sabido devolverle el favor.

Mi padre y yo no sabemos hablar a solas. Ahí la culpa es compartida, pero él piensa que es solo mía. Ese es el punto en el que caemos. No sé manejarlo. Y la carga ya empieza a ser demasiado pesada. No estoy seguro de que mi padre se sienta orgulloso de mí. En público sí, porque en mi familia siempre ha sido muy importante dar una imagen de armonía interna, pero más allá de eso, siempre hemos chocado. Siempre. Yo no me he sabido explicar, él no ha sabido leer mis edades. Y hemos llegado hasta aquí sin demasiado patrimonio del que sentirse orgullosos cuando estamos juntos.

Sin embargo, hay algo que le debo a mi padre y me niego a no agradecérselo: observarle durante todos estos años me ha llevado a ser tenaz, a intentar superarme, a no ser conformista, a valorar la vida. Mi padre es bueno. Lamentablemente, él no ha sabido disfrutar en plenitud. Siempre ha estado demasiado cegado por convencimientos que le han ido arrinconando social y laboralmente. Me sorprende lo increíblemente bien que escribe para lo poco que lo hace. Lo poco, que yo sepa. Igual lleva años escribiendo un libro en secreto, pero me da la sensación de que no es así. No he querido entrar en su ordenador ni abrir su armario, por si lo estuviera escribiendo a mano. Si encontrara algo así de revelador, sería demasiado para mí y no sabría cómo reaccionar. Nunca ha sabido sacar brillo a sus talentos y hoy en día prefiere pasar 10 horas encerrado en casa leyendo El País que en cualquier otro sitio aprendiendo algo nuevo: un museo, un concierto, una exposición, ir de tiendas sin comprar nada, asistir a conferencias sobre lo que sea, un paseo por el Madrid por donde no suele pasear, un fin de semana en el campo, lo que sea.

Mi padre no es un ganador. Las diferentes coyunturas del pasado le han permitido ser propietario de una casa amplia, pero no mucho más. No es especialmente simpático, desde luego no conmigo. Y no es gracioso, aunque lo intente. De unos años a esta parte nos peleamos con frecuencia porque su incapacidad para ponerse en la piel del otro le hace hablar medio entre risas. Unas risas de esas que expulsan mucho aire y te hacen hablar en otro tono, a medio camino entre la burla y la imitación (que quizás sea lo mismo). Y eso es algo que a mí me desmantela el corazón y el cerebro. Es como si por cada risita que soltara me estuvieran metiendo alfileres al rojo vivo por el conducto urinario. No puedo soportarlo. Mi padre y yo no somos amigos. No somos colegas. Somos solo padre e hijo.

Él no es una persona humilde. Muy a mi pesar, creo que también he heredado esa desgracia. Habla de todo, opina de todo, siempre tiene una teoría, siempre tiene la última palabra, siempre posee la verdad. Es muy triste observarlo desde fuera discutir sobre cosas que no sabe, de las que únicamente ha oído hablar de refilón, en algún artículo suelto en el periódico, o en algún telediario. Es muy penoso asistir a conversaciones así y no poder intervenir.

He perdido toda esperanza de entenderle para poder quererle más. Solo aspiro a no estorbarle y a no hacer nada que le moleste. Todos mis intentos (tibios, como casi todo lo que hago) de atraerle hacia mi mundo se cuentan por fracasos. Los libros que le regalo no los lee; los discos que le regalo no los escucha; las películas que le proporciono no las ve; las series que le presto se quedan semanas ahí, en el mismo sitio que las dejo. Y luego lo niega todo.

Si mi padre no fuera mi padre, me pregunto en qué punto de mi vida me hubiera topado con él. O si lo hubiera hecho alguna vez. Y esa misma pregunta sin respuesta, tan sencilla y tan cruel, me visita con regularidad desde hace tiempo.

Le lloraré cuando me falte y le recordaré siempre, pero creo que ni uno ni otro lo hemos sabido hacer bien. Se puede vivir con ello, pero se vive peor. Muchísimo peor.

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2 comentarios to “El Día del Padre”

  1. JD Says:

    Joder, acabas de retratar una relación padre-hijo muy parecida a la mía. Y me temo que la de muchos cientos de miles.. y de trasfondo está fijo la España dual y retrasada que unas élites se empeñan que sea eterna. Hay que mandar a tomar por c… a la generación de nuestros padres y sus ideas, aunque el doloroso peaje sea haber tenido una relación siempre estropeada con ellos..

  2. SaraO Says:

    I see you, brother


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