El yoísmo político y el auge de las redes sociales: una moneda de dos caras (o dos cruces)

22/03/2015

Cualquier ciudadano medianamente informado habrá llegado sin ayuda a las siguientes conclusiones:

  1. Vivimos en la Era del Yo. La evolución y el desarrollo de la tecnología doméstica ha facilitado la promoción de lo individual frente a lo colectivo pero con la coartada de lo común: sentirse parte, a través de las redes sociales, de una masa que nos acepta y nos piropea. Si antes era difícil analizar unas elecciones desde el punto de vista grupal, hoy en día es prácticamente imposible: el peso de un líder carismático es absolutamente fundamental para encarar el futuro. Y eso ya lo sabe hasta el PP, cuyo electorado siempre ha sido disciplinado y nunca ha mirado hacia arriba más que para santiguarse. Y si no, analicemos con detenimiento la trayectoria de Ana Botella en la vida política madrileña y comparémosla con la de Esperanza Aguirre.
  2. Vivimos un momento político vibrante. Por desgracia, la mayoría de nosotros únicamente reaccionamos en épocas de recesión económica y de crisis de valores, como la que hemos atravesado y seguimos padeciendo. Este despertar momentáneo, pone en marcha una cantidad ridícula de mecanismos e interacciones que nos hacen sentir que formamos parte de algo. Es responsabilidad del sistema que nos sigamos sintiendo atraídos por él o no, una vez haya pasado el temporal.
  3. Lo público ya no pasa desapercibido. Cada ciudadano es una cámara. Y cada cámara es una oportunidad de documentar cada momento. Si aplicamos a la política las mismas reglas que aplicamos al ocio, los políticos pueden ser los próximos entertainers de masas. Su acercamiento al lenguaje y costumbres del electorado ha cambiado las reglas del juego hasta el punto de que ya existen dos Escuelas en la política española actual: 245px-Alberto_Garzón_(crop)la Nueva Escuela, representada por los jóvenes como Alberto Garzón de IU, Pablo Iglesias, Íñigo Errejón o Teresa Rodríguez de Podemos, o Borja Sémper del Partido Popular y Albert Rivera de Ciudadanos, todos nativos de internet y que manejan las nuevas formas de comunicación social con mucha más soltura y naturalidad que la Vieja Escuela, representada por el núcleo duro del Partido Popular, el PSOE o Izquierda Unida.
  4. El bipartidismo ha muerto. Se acabó la versión española de una Guerra Fría política que ha durado demasiado. La bipolaridad solo conviene a las élites. Y con casi 50 millones de personas, España es un país que necesita algo más que un combate elitista.
  5. El lenguaje ha cambiado. El estilo coloquial de las nuevas tecnologías ha irrumpido de una forma definitiva y para siempre, no solo en el contexto de los partidos políticos (en el electorado o en sus simpatizantes), sino en el lenguaje verbal y no verbal de los candidatos.

Con todos estos ingredientes puede salir una curiosa paella, pero sería un error quedarnos en el análisis superficial y anecdótico de la situación política actual. Echemos un vistazo al hecho nada casual de que la proyección pública de las nuevas caras de la política nacional tiene mucho que ver con su proyección digital, con cómo han conseguido domesticar a su manera y en su propio beneficio, el flow que reciben y emiten dentro del entorno digital. Todos los políticos que están sucediendo a la Vieja Guardia tienen el control total de sus perfiles en redes sociales, saben sacar partido a su imagen y cada vez es más difícil pillarles en un renuncio. Un buen ejemplo de esto es Pedro Sánchez, un tipo sin ideología que hace como que tiene ideología y que no duda en agitar el manzano de la anécdota soltando un bravucón “¿Qué coño tiene que pasar para que Rajoy pise el barro?” en su última visita a Aragón con motivo de la histórica crecida del Ebro. Lo dijo dos veces, por si alguno se pensaba que había tenido un lapsus.

Sería un error deducir que esta identificación formal cada vez más poderosa entre los líderes y sus simpatizantes se debe a una mera táctica de acercamiento. Los candidatos han crecido utilizando los mismos códigos que los votantes y eso solo puede favorecer al entendimiento y la comunicación horizontal entre todos. En este caso, la moneda sería de dos caras.

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Sin embargo, no debemos perder de vista el riesgo que supone un presunto igualamiento formal “por abajo” de la realidad política española: la fuerza que tiene lo cotidiano, lo anecdótico, normalmente consigue atraer a masas deseosas por encontrar candidatos “como ellos” de una manera sencilla, sin necesidad de romperse la cabeza con campañas donde se expliquen las ideas. Pero no olvidemos que el ADN de la política son las distintas ideas que la componen, las corrientes, las posturas, las Escuelas. No olvidemos y no nos dejemos engañar por palos de selfie, mensajes oportunos, retuits acertados o “coños” en prime time: debemos depositar la confianza en las ideas, no en las personas. Porque las personas somos el corto plazo de un sistema que solo habla un idioma largoplacista. No hagamos que la moneda tenga únicamente dos cruces.

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