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Está bien no esperar nada

05/06/2014

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Sospecho que sacarle partido a cada momento está sobrevalorado. Pensar en abstracto y querer ser trascendentes no es más que otra idea que han tratado de imponernos desde el sistema para hacernos más distraídos, menos peligrosos. El que piensa demasiado, al final no pelea.

Un autobús nocturno que sale de un extremo de la capital en dirección a una ciudad dormitorio, recorriendo la autopista que limita con algunos de los distritos más acomodados de la zona, tiene mucho peligro. Las luces, la carretera desierta, los últimos coches que terminan una jornada extenuante donde han conseguido multiplicar las ganancias y dividir las pérdidas, las siluetas de los edificios que se alejan, las zonas cada vez más arboladas, el olor intenso a primavera tardía y el aire todavía fresco de junio a media noche. Todo eso nos predispone a pensar en grande y a futuro, a hacer planes, listas de ciudades que queremos visitar, correos que nunca hemos mandado y que deberíamos mandar a gente señalada que hace ya tiempo que se distanciaron de nosotros. Todo eso nos sugestiona. Un autobús interurbano vacío a media noche, invita siempre a la reflexión. Me he pasado media vida reflexionando en momentos parecidos, volviendo de la Universidad al final del turno de tarde, haciendo conjeturas. Pero me cansé. La resitencia viene de la negación, y durante años me he esforzado en no dejarme impresionar por escenarios que parecían perfectos para según qué cosas.

Hoy, al volver de ensayar en uno de esos autobuses, he pensado que está bien tener momentos de no hacer conjeturas, de no proyectar, de dejarse conducir -literalmente- de un punto a otro sin tan siquiera sucumbir a la belleza urbana que siempre parece envolver el asfalto bañado por las luces de los coches. Reflejarse en el cristal del autobús y verse feo. Mirarse las manos imperfectas, la camiseta equivocada, los brazos que desearían ser menos velludos, saber de la suciedad que uno arrastra en los oídos y en otras partes localizadas del cuerpo. Y estar bien con eso, a pesar de todo.

No podemos hacer otra cosa que ir en alguna dirección, incluso si no queremos. Todo está mal en mi país, pero tengo gente buena a mi lado; nada funciona en la sociedad, pero conozco a más gente feliz que infeliz; leemos estadísticas que nos estremecen el corazón, pero los supermercados más exclusivos siguen llenos de gente exigente con su nivel de vida. Es como si la propia vida también se resistiera a ser tan miserable como indican los que la estudian. Todo es un poco lío. Mis padres no tienen dinero pero viven en una casa gigante y se van de viaje a Buenos Aires y a Hamburgo. Mis amigos viven con lo mínimo pero hoy quedé con uno y estrenaba zapatillas.

Me niego a entenderlo todo. Sólo quiero que suene la canción que sea, porque estoy dispuesto a que me guste. Está bien no esperar nada.