Es cuestión de suerte.

30/12/2015

DSC_1021Están dando un campeonato de dardos en un canal deportivo de la televisión alemana. No entiendo el alemán y tardo más o menos 10 minutos en asimilar las reglas de los dardos. Yo pensé que a ese juego solo se jugaba en bares, pero al parecer es una cosa muy seria. Me alegro: siempre estaré del lado de las estupideces que acaban convirtiéndose en cosas muy serias, como un noviazgo o un entierro.

Bebo un vino español de 6 € comprado en un supermercado del barrio hamburgués de Gross Borstel que regenta un griego y que atiende un moldav, para que todo quede en casa. El vino es igual de mierda que lo que uno se imagina, pero está tan frío que no se nota. Tengo una pila de libros sobre la mesa, un sobrino llorando porque le está saliendo alguna muela y todo el suelo lleno de juguetes que tienen cuatro días y ya parecen viejos, como de hace cinco años. Leía el otro día que estaba de moda lo efímero: que vengan a esta casa a comprobarlo.

Se nos va 2015 igual que vino, por la misma puerta -la diferencia es que ahora empuja en lugar de tirar-, y entra 2016 del mismo modo que entraron los últimos dos mil años y entrarán los próximos dos mil más, si acaso este planeta de mierda sigue en pie y no acaba por disolverse junto a toda la Nada Cósmica. Definitivamente, la edad está bateando duro y yo estoy tirando la bola muy floja.

Ha sido un año complicado. Me convertí en el escudero de mi mejor amigo en la recta final del cáncer de la mujer de su vida y pasamos más noches en el hospital que de vacaciones. Casi sin querer nos convertimos en parte del paisaje diario de la Fundación Jiménez Díaz, en Madrid. Mi casa estaba en Murcia, pero decidí estar a lo importante en lugar de a lo urgente. Y se me cerró una puerta para siempre. Escribimos una de las canciones más largas y más sordas de la historia de la música, hasta que murió Noemi el 26 de abril a las 7:00 AM. Ese sábado me levanté como un resorte y todavía recuerdo secarme el pelo con el aire frío que entraba silbando por la rendija que dejaba la ventanilla del taxi. Mi gesto no era triste y mi corazón no sabía qué sentir: la muerte, a veces, es la mejor opción. Perico me dio 500 € en billetes de 50 y una sola orden: “Que no falte de nada en casa durante todo el día”. Fui escudero y en un golpe de muñeca me convertí en mayordomo.

-Todos duermen en esta casa, ahora-.

Y eso fue lo que hice: preparé comida y bebida, ordené mesas, vajillas, cubertería, cristalería, puse lavaplatos, encendí velas y combatí el frío. Vino gente de todo tipo, incluso profundos desagradecidos. Esos son los primeros en aparecer y los primeros en marcharse. Ojalá lean esto de una vez.

Diez días antes había nacido Xela, la primera hija de Carola, una de las personas más importantes de mi vida.

Metimos el cuerpo de Noemi en un ataúd sencillo y lo llevamos a El Escorial a incinerarlo. Llovía y recuerdo esperar al coche fúnebre en una de las rotondas de la carretera. Estas cosas siempre tienen un punto de improvisación, porque nadie sabe realmente cómo funcionan. Los trabajadores del horno de personas están tan acostumbrados a su tarea que casi te reciben como en una panadería, a punto de recomendar el mejor bar de pinchos del pueblo. La decoración atemporal y simétrica. Las máquinas de café y refrescos. Una revista que se llamaba Descanso Eterno. Solo nos atrevimos Perico y yo a pasar a la salita donde se puede observar a través de un cristal cómo el féretro se dirige por última vez hacia el fuego. Primero hubo un silencio, pero no hubo llantos. Mirábamos la escena como escapando de ella, sin gestionar el significado y quedándonos con la anécdota. Yo observaba a mi amigo de forma indirecta, a través del reflejo del vidrio, y no notaba ningún gesto que no pudiera reconocer. Al cabo de un rato nos miramos y nos echamos a reír. Ni tan siquiera nos abrazamos. Yo le pregunté: “¿La has pedido muy hecha o al punto?”. Supongo que se escuchó la carcajada desde la sala donde estaba reunida la familia, compungida, charlatana y desorientada.

Nos fuimos a comer más de 20 personas a un restaurante a medio camino entre El Escorial y la casa donde vivía Noemi. Había mucha gente afectada, pero nadie monopolizó la pena. Comimos como refugiados -con un hambre generosa- platos que nadie tenía claro quién iba a pagar. Volaron las botellas de vino, las cervezas y los aperitivos. Parecía una boda, más que un funeral. Supongo que así se despide a la gente normal.

Ahora nos preparamos para un Fin de Año al estilo local: con comida desperdiciada, alcohol y muchos petardos. Nadie diría que en Hamburgo gastan cientos de miles de euros en cohetes y petardos la noche de Año Nuevo. Lo prometo: yo he visto a mi cuñado prender fuego al arbusto del vecino y necesitar cinco personas (entre ellas yo) para apagarlo. El tipo estaba de vacaciones. Yo me fui antes de que volviera.

He vuelto a reactivar mi grupo de siempre porque creo que todavía me queda un buen disco en mi interior, mucho mejor que Peores cosas pasan en el mar, que estaba bien escrito pero no demasiado bien interpretado. Nos encaminamos hacia unos meses de actividad controlada.

Hace frío y no siento ninguna pena por nada. Intercambio miles de palabras al día con Buenos Aires y 2016 parece que se anuncia a sí mismo como un año importante. Estoy preparado para lo que sea. Vengo de no entender nada y de no tener dinero a partir del 11 de cada mes, así que cualquier avance se considerará como victoria en cancha contraria.

Os deseo salud porque el resto es cuestión de suerte.

 


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