Oda al cassette (en tiempos digitales)

30/03/2015

Alguna gente cree que soy un perturbado coleccionista de música, y no lo soy. Me considero más un acumulador sin un plan completista que seguir. Es cierto que tengo muchos más discos de los que necesito y de los que mucha gente necesita, y es muy probable que no me dé tiempo en esta vida a investigarlos todos, a profundizar y entender en el significado de todas las grabaciones que reposan en las estanterías de mi casa. Y lo vivo con notable desasosiego.

Compro, me regalan, encuentro, robo (todos lo hacemos) y cambio discos desde que era adolescente. Una afición que ha sido la única constante en mi vida, sin importar lo mal o lo bien que estuviera anímicamente, la ciudad donde viviera o el dinero que tuviese. Siempre, desde que m-g98dtuve mi primera cinta de cassette a los 8 años, he vivido rodeado de música y me he acercado a ella como mejor opción para completar el camino. Creo que fue en 5º de EGB cuando tuve mi primer walkman Sanyo. Fue heredado, no recuerdo de quién. Era un aparato grande y nada ligero, pero era mío. Gracias a él sobreviví a un viaje en coche con toda mi familia desde Madrid hasta Bath, en Inglaterra, incluyendo las 25 horas de barco desde Santander hasta el puerto de Plymouth, al sur de las islas británicas. Éramos 5 en un Renault 21 granate sin aire acondicionado. La matrícula de ese coche era M-0493-HW. También sobreviví a muchas horas en sitios extraños. Todo eso está todavía grabado en mi memoria.

Muy al principio, tenía mis 8 ó 9 cintas siempre bien visibles para poder presumir de ellas. Las tenía pegadas contra la pared en mi mesa de estudio, apiladas hacia arriba, con los lomos bien visibles. Era lo más parecido a tener un tesoro y las enseñaba siempre que podía: a mis primos, a las amigas de mi hermana, a quien fuera. Me gustaba verlas, notarlas ahí, como si me hablaran todo el rato. Tenía cassettes de Bruce Springsteen, de Michael NATIONAL-PANASONIC-portable-cassette-player-radio-MODEL-NO-RXJackson, de Dire Straits, de Queen y de The Cure. No ha habido nada después, ni los primeros vinilos que fui comprando ni ninguna rareza en 7″ que se cruzó por mi camino, que haya logrado capturar mi atención con la misma intensidad que aquellas tempranas cintas, sin importar si eran originales o grabadas. Un magnetismo imposible de poner en palabras ni de explicar a alguien que no haya sentido nada parecido en su pre-adolescencia. Aquellos cassettes representablan una sensación verdadera de independencia con respecto a mis padres, una nota al pie del guión familiar, una ventana a otra realidad que desconocía y todavía no había aprendido a descifrar. Esas grabaciones existían solo para mí y me había sido otorgada la responsabilidad de cuidarlas, conocerlas y defenderlas. Unas canciones que podía cantar incluso sin saber inglés y que me servían para aislarme de mi hermano pequeño, que dormía en la cama de abajo, antes de quedarme dormido yo también. Con unos minutos bastaba.

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Modelo de radio cassette AKAI tremendamente parecido al que tenía en mi habitación a los 12 años

Un día, por nuestro cumpleaños, alguien nos regaló un radio cassette AKAI de dos altavoces, radio de cuatro bandas y una sola pletina. Eso sustituyó al pequeño aparato de un solo altavoz y una pletina que trasladé sigilosamente desde la cocina rolling-stones-05hasta mi cuarto porque de todos los que vivíamos en esa casa de 90 metro cuadrados, yo era el que más lo necesitaba. Mis padres no me dijeron nunca nada y agradezco, casi 30 años después, su indulgencia. La diferencia de sonido era monumental. Además, como tenía un receptor de radio muy estable, podía grabar todo lo que me gustaba de la cadena que escuchaba, Radio 80 Serie Oro porque no me gustaba la música pop española del momento. Recuerdo que la canción que más me marcó en esa época fue Never Marry a Railroad Man del grupo holandés Shoking Blue. Por supuesto, tardé muchos años en descubrir que aquel tema era antiguo (1970) y que los del grupo eran holandeses. Otro recuerdo adosado a éste fue la retransmisión sin cortes de un concierto de los Rolling Stones comentado, como si fuera un partido de fútbol, por Joaquín Luqui. Ojalá encontrara esas cintas. Necesité dos TDK de 90 para que cupiese todo. Todavía tengo resonando en algún sitio entre el oído y mis ojos el aquello de: “The Rolling Stones en concierto… Urban Jungle Tour presentados por… ¡cerveza Bud!”. Acortó la marca Budweiser para que rimara con “Tour”. Eso era hacer branding en condiciones. Era un genio que luego resultó tener alguna doblez complicada.

Mis padres nunca han sido de investigar mucho en la música (ni en nada, en general). Tienen sus cuatro o cinco artistas favoritos de siempre y con eso han tirado media vida. En el salón tenían un National Panasonic de mediados de los años 70 que era increíble: radio, cassette y tocadiscos, todo en uno. Estéticamente era el electrodoméstico más bonito que jamás tuvimos y me pregunto dónde fue a parar. Antes de que lo jubilaran, ya solo funcionaba la radio. Ojalá lo encuentre en algún altillo o en algún trastero, porque aquello merecía otra oportunidad. $_86Tenía el dial iluminado y de pequeño me pasaba muchos ratos girándolo de un lado a otro, completamente fascinado por el cambio de posición de las luces. De esto me acuerdo, no hace falta preguntarle a mi madre. Un día mi padre llegó con una minicadena con CD y doble pletina, pero sin tocadiscos. Y así se inauguraron oficialmente los 90 en mi familia. En mi casa no volvió a entrar un disco de vinilo hasta que empecé a comprarlos yo, años después. A cambio tuvimos doble pletina y por primera vez podía grabar de cinta a cinta y de CD a cinta. El futuro se presentaba brillante.

Aquel aparato, que al poco tiempo descubrimos que no habíamos estrenado nosotros, no era demasiado bueno, pero aguantó como si lo fuera. La única pega era que estaba en el salón, con la consiguiente falta de intimidad a la hora de grabar recopilatorios para amigos y, más importante, para amigas. No había que ser un detective superdotado para diferenciar el cariño que le ponía a las grabaciones que hacía para algún colega y el que ponía cuando se trataba de una chica. En las tardes de sábado y domingo, The_Beach_Boys-Collection-Frontalme trasladaba a la mesa del comedor con una cinta virgen todavía plastificada, un montón de cassettes de donde tendría que exraer las canciones cuidadosamente seleccionadas, y los 4 ó 5 CDs que por aquel entonces tenían mis padres: Please, Please Me y Revolver de The Beatles, un recopilatorio de los Beach Boys llamado Collection: “Contiene 24 canciones” y que llevaba la pegatina de “Anunciado en TV” y alguno de The Shadows, creo recordar.

La comunión de mi hermano trajo algo inesperado que cambió por completo las reglas del juego: un nuevo aparato de música a mi casa, esta vez a la habitación que compartíamos. Mi hermano no tenía apenas cintas y yo era 6 años mayor que él, así que estaba bien claro quién iba a hacerse con el poder de aquel Sony Megabass con doble pletina (no CD) al que se le podían separar los altavoces. Era un aparato muy parecido al de aquí abajo:

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En mi casa eran testigos de que mi afición por las cintas, los grupos, la música, los posters y demás parafernalia que pudiera encontrar, no hacía más que aumentar. Unos días parecían entenderlo (como cuando mandaron fabricar un mueble a medida para el hueco del radiador y dibujaron un espacio especial y a medida para que pudieran estar de pie todas las cintas; lástima que los cassettes y el calor se lleven igual de mal que israelíes y palestinos), y otros no lo toleraban: cuando me castigaban, me quitaban el aparato, los cassettes y las revistas de música. Sabían cómo hacer daño sin tocarme un pelo (aunque a veces combinaran las dos modalidades).

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Foto real del cajón donde conservo todas las cintas de mi adolescencia

Con aquella doble pletina en mi cuarto me convertí en un auténtico terrorista de las copias de cassette. Cada semana lograba aumentar mi colección en dos o tres. Como siempre se me dio bien el dibujo, lograba imitar a la perfección los logos de las bandas y así los lomos de las carátulas quedaban perfectos. Nunca entendí que la gente que disfrutaba con la música tanto como yo no se esmerara en esos detalles. Para mí aquello suponía rendir un tributo personal y delicado a los grupos que me fascinaban por entonces: Sepultura, Metallica, Guns N’Roses, Faith No More, Slayer, Life of Agony, Biohazard… Todos tenían logos complicados. El de Sepultura era loquísimo. Aprendí a dibujarlo de memoria y aquella S compuesta de diferentes huesos inventados, como un animal prehistórico, está repartida en todos mis libros de texto desde 1º de BUP hasta 3º.

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Logo original de la banda brasileña Sepultura. Nótese la increíble complegidad de la S

No sé cuántos recopilatorios he podido hacer en mi vida, pero debería haberlos contado. Seguro que más de mil. Seguro. Recopilatorios de cualquier cosa: de canciones brutas, de baladas, de canciones de rap, de canciones rápidas de grupos lentos, de canciones lentas de grupos rápidos, de emo sueco, de emo americano, de emo inglés, de hardcore belga, de hardcore de Asturias, de hardcore de Canarias… Cualquier cosa es susceptible de ser plasmada en un recopilatorio en cassette: cinta para correr, cinta para cenar, cinta de instrumentales, cinta para conducir, cinta para una boda, cinta para un cumpleaños… Hacer un recopilatorio no solo te exigía conocer de primera mano todas las canciones y todos los grupos que querías incluir en la cinta, sino que también tenías que tener esas canciones. Si no las tenías, te las ingeniabas para tenerlas: se las pedías a alguien (con la esperanza de que todavía las tuviera o no las hubiera prestado) o esperabas como un jubilado al tren de mediodía a que pusieran la canción que tú querías por la radio. A veces podías esperar hasta una semana. Ahora, con Spotify, solo tienes que buscar lo que quieres y añadirlo a una lista de reproducción. Es mucho más efectivo, pero hemos perdido algo por el camino: la experiencia del fallo y el conocimiento mediante la repetición.

No soy tan nostálgico como para defender la calidad de las cintas de cassette, pero sí soy lo suficientemente viejo como para no darlas por muertas. Las cassettes tienen algo tan único, tan rudimentario, que casi parece un milagro que sigan funcionando. Es casi un anacronismo que ni tan siquiera un diseño moderno de la carcasa nos haría confundirlo con otra cosa. Sin embargo, hay algo en las cassettes que se ha mantenido intacto y que es, a su vez, una enseñanza que se prolonga en el tiempo, como un recordatorio sigiloso que nos guía en momentos de duda: el encanto de lo imperfecto. Las cintas, debido al rozamiento con el cabezal del reproductor para hacer posible su lectura, se desgastan poco a poco. Raras veces se acaban erosionando del todo, especialmente si el mantenimiento del cabezal y de la propia cinta es el adecuado, pero en cuestiones de sonido se hace evidente un deterioro gradual con el uso indiscriminado. Personalmente he tenido que dejar de escuchar algunas grabaciones porque el sonido va y viene como en un regate cruel al equilibrio sónico que acaba con la paciencia de cualquiera. Pero no han sido muchas.

Hay pocas cosas tan inesperadas y caprichosas como el espacio disponible en la cara de una cassette: discos que no entran completos, discos que se quedan cortos, espacios en blanco completados con singles de tres canciones, cuatro EPs en una cara y un disco entero en otra, discografías completas repartidas por cintas distintas, matrimonios imposibles como el de Fear Factory en la cara A y Ani Difranco en la cara B, o Elliott Smith en la cara A y Slayer en la cara B, solo porque el día que grabé esos discos, aquella cinta TDK D-90 era la única que tenía disponible. Una vida dentro de la vida de los discos: la vida que nos hemos podido permitir. Cintas que las escuchas muchas veces únicamente porque se escuchan bien, discos que te sabes de memoria solo porque jamás has saltado una canción por evitar el trajín de acertar justo en el silencio que da paso al siguiente corte, la anticipación de una canción inacabada y que algún maníaco ha continuado en la cara siguiente como si nada.

muQtyHKb2XGxbUIOBN8bwXgLa cinta siempre se ha regido por su propia norma para justificar su existencia, también en cuanto a la estética y al tamaño. Sucede que adaptar el diseño original de un LP a un CD es relativamente fácil: basta con reducir las medidas de 32 x 32 cm de un disco de vinilo a los 12 x 12 cm de un disco compacto y seguir el orden lógico del empequeñecimiento. Sin embargo, adaptar un diseño de un LP o un CD a la carátula de un cassette de 8 x 5 cm no es sencillo, si uno quiere que el conjunto encierre cierta lógica. Además, el tamaño del lomo, el peligro de ir añadiendo pliegues hasta impedir que la caja cierre con normalidad y la reducción de la tipografía hasta hacerla ilegible, siempre ha añadido un riesgo extra al negocio. Se han visto un montón de dramas a este respecto aunque también tumblr_m5bmkwRgB21qmjccho1_500muchos aciertos, que han hecho que la edición en cinta magnetofónica de discos importantes para mí como son los de Fugazi o los de Beastie Boys, se conviertan en joyas que brillan con la luz propia del territorio poco explorado en una mañana de miércoles laborable.

Y por ahí se mueven las cassettes en mi presente y en mi memoria: entre lo imperfecto, lo práctico y lo irremplazable. Y quizás por eso las cassettes se parezcan tanto a la vida de alguien normal que no espera ya demasiado de una existencia reducida a disfrutar en oleadas, pero que jamás se ha privado de un buen rato de placer culpable.


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