Primavera Sound 2016. Sábado 04.06

07/06/2016

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La programación del Primavera Sound de este año es inabarcable. Tanto, que no intento hacerle frente. Ayer me acosté a eso de las 03:30 en una habitación de hotel que da al recinto del festival. Piso 19. Dos ventanas cuadradas, enormes. La habitación es más grande de lo que me puedo permitir, porque no la pago yo. Entro cansado, después de comprar algún libro en el puesto de Rough Trade. Cuando me meto en la cama y apago la luz, los reflejos de los focos del Escenario Heineken dibujan formas poderosas en el techo y en la pared del fondo, y disfruto en silencio del murmullo que llega del concierto de Beach House. La música se convierte en un elemento de forma casi líquida cuando sale de su zona y viene a explotar ahí delante, frente a mí, en una habitación de Barcelona, frente al mismo mar que, en una de sus esquinas, se traga sin vergüenza los cuerpos de niños, niñas, adolescentes, mujeres y hombres que buscan precisamente escapar de una muerte segura. Pienso en cosas como ésta cada vez que me meto en una cama y, a pesar de ello, me duermo sin esfuerzo.

Me despierto a las 8:15 AM sin más misión que la de evitar achicharrarme con el sol que cae como un sable en mitad del colchón modelo NBA. Nunca cierro las cortinas porque tengo miedo de perderme lo que sucede fuera. Me pasa desde pequeño.

Bajo a desayunar con un libro y gasto más de una hora mientras como cosas que no tomo nunca para desayunar. Y subo a la habitación y me pongo a escribir. Y así sigo hasta las 15:30 que bajo a comer. No salgo del hotel porque adoro los hoteles y me conozco Barcelona lo suficiente como para no sentirme mal por no pisar la calle.

Pensé en comer solo y de pronto aparecen todos mis amigos que duermen en hoteles cercanos o incluso en éste mismo: Cata, Borja, Natalia, Maya, Fer, Sandra, Perico, Lys… Se escuchan las historias de la noche anterior. Siempre hay candidatos para un desenfreno localizado.

Tomo agua con gas, arroz caldoso y un café. Y me siento preparado para afrontar el resto del día con dignidad.

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Me escribe gente al móvil con la que nunca llego a quedar, porque eso es en realidad un festival de música. Desde la habitación compruebo la impresionante marabunta de gente que se aproxima al Escenario Heineken a ver a Brian Wilson y decido hacerlo yo también. Llego con el concierto en su recta final con miedo a encontrarme lo que finalmente me encuentro: a un hombre viejo, desorientado, que podría ser cualquiera. Es cierto que nunca he sido el mayor fan de The Beach Boys, pero reconozco cuándo alguien está en plenitud de facultades a sus setenta y muchos (Leonard Cohen) y cuándo no hay nadie al volante. El problema, como siempre, es el dinero: mientras haya gente que pague para que se suba a un escenario y otra (más numerosa) que pague por verle, ahí le vamos a encontrar. Un círculo al que solo la muerte puede ponerle fin.

Nos plantamos delante de Richard Hawley porque la sola idea de saber que está tocando Richard Hawley me obliga a ir hacia él. Me paso lo que queda de concierto hablando con David Pedrouzo, un genio que tiene un barcito diminuto y correoso llamado Café Pop Torgal en Ourense, donde he pasado momentos que han cambiado mi vida para siempre. Suena There’s A Storm Coming y resuenan los nombres de miles de exparejas en la memoria de todos los que estamos allí.

Cuando termina el ciudadano más elegante de Sheffield, vagabundeo por el recinto, me encuentro con gente. Visito rincones que no visité la noche anterior. Me ponen una pulsera que sirve para subir a una terraza de Heineken desde la que no se ve ningún concierto pero sirven cerveza gratis unos camareros que visten mono de piloto del Ejército del Aire. Me parece todo bien.

Bajamos a ver a PJ Harvey desde cerca, y todo lo más cerca que podemos estar es tan lejos que no la vemos. Pero la escuchamos y vemos con algo de nitidez las pantallas. Trato de adivinar lo que lleva en la cabeza. La gente habla, comenta, busca drogas. La misma persona me pregunta hasta tres veces que si tengo un cigarro.

Insisto ante mí mismo para quedarme al final del concierto, que está siendo un delirio en el fondo y en las formas: PJ Harvey ha dejado de servir a la música y es ahora la música la que le sirve a ella para sobrevolar retazos de una Historia que se ha preocupado en estudiar. Por pura curiosidad busco en qué año nació: 1969. Nos llevamos 9 años y muchas vidas. John Parish ejerce de perfecto lugarteniente de un ejército tan perfectamente engrasado, que si falla uno se nota.

Un concierto que necesita de una infraestructura y una producción tan sobrada como lo es este festival.

Sigue habiendo mucha luz que emana de la zona VIP que Heineken tiene colocada entre ambos escenarios principales. El próximo año deberían pensar en esto.

Antes de PJ y antes de la terraza de hormigón que no da a ningún sitio, nos acercamos a ver qué pasaba con Los Chichos. Y no cabía la gente. Acierto confirmado: Los Chichos congregaron a muchísima más gente que cualquier grupo que tocó en el Escenario Adidas. “Estamos más a gusto que un mariquita en un cruce de caminos”, dijo uno de los tres. Risas y ovaciones.

Se acabó PJ y empezaba Sigur Rós y nos dio tiempo a abandonar la explanada de la Tierra Media en busca de bosques más seguros.

Recuerdo un concierto de Sigur Rós allá por noviembre de 2005 en el Teatro Coliseum de Madrid. Prefiero quedarme con esa demostración de fuerza y delicadeza de 11 años atrás y voy en busca de atrapar al vuelo alguna actuación de algún grupo que no conozco, para ver que tal. Y tampoco encuentro demasiado.

Damos vueltas, quedamos con gente.

Y volvemos al solar kilométrico.

Esta vez nos ponemos delante de Moderat. Y aquello crece como las judías en el agua: qué graves, qué bofetadas. Hay gente que, cuanto más vieja, más lúcida.

Entre el público se empiezan a vislumbrar las primeras caras de despegue vertical y las primeras mandíbulas apretadas. Sorprende comprobar, año tras año, lo que beben algunos extranjeros. Tengo amigos que beben y tengo amigos que beben mucho, pero ninguno como el más moderado de los ingleses que tenía a mi izquierda.

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De pronto pasó el tiempo y ya eran las 04:00 y estaba encima del escenario en la sesión final de DJ Coco, como cada año desde hace no sé cuántos y sin saber muy bien cómo hice para llegar hasta allí. Muchas veces, cuando no quieres algo, lo recibes en proporciones bíblicas. Y así me pilló aquello, sin ganas y con una botella de vino en la mano, celebrando con gente a la que aprecio el éxito de una edición que ha batido su propio récord. Todo sea por los nuevos y la nueva.

Al menos esta vez no sacaron sombreros mexicanos, como en 2007 ó 2008.


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